Acércate a las artes escénicas y audiovisuales
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LOS GESTOS

He visto dos trabajos en Madrid del director y dramaturgo Pablo Messiez y en los dos me he dado cuenta de algo: La poesía es el alma de sus obras.

Nos adentramos en ‘Los Gestos’ con una imagen tan potente que nos da la sensación de estar a punto de ver un trance místico en vivo: En proscenio el actor Nacho Sánchez entrecierra los ojos y su mirada perdida parece invocar un momento sagrado. La esencia previa a la existencia de la obra. El primer gesto. Nace en medio de un escenario montado con un cumulo de sillas, pantallas como ventanas por donde podremos observar la ciudad de Roma y una luz tenue que ilumina su cara como un rayo de redención. Estamos ante la primera experiencia de la obra, y así comienza una de las tantas capas donde la intensidad se adueña de la escena.

Lejos del discurso tradicional dramatúrgico, Messiez apuesta por la idea de un ritmo dramático que no se preocupa por la situación sino por generar una experiencia corporal, sonora y rítmica. La búsqueda del no-sentido, de no darle servido al espectador aquello que desea. No es para complejizar la obra, es simplemente para dejar abierto el camino. La pregunta y la poesía son parte de lo mismo: “Esto no es teatro reivindicativo”, nos dice la actriz Fernanda Orazi en su rol de Topazia, mientras nosotros entendemos que la escena se arma y desarma solo para traernos los gestos. La dramaturgia se pone al servicio de lo corporal.

Esos gestos que son nuestros, de otras personas, de fantasmas, que se reiteran en tantos tiempos, que se apropian los actores y que viven a través de la repetición – como el teatro mismo-, cobran la noción de ser en el momento que aparecen a través de la mirada del otro. Ese gesto ya existía antes que la obra, ya existía antes de que los interpretes lo trajeran nuevamente y resignificaran su sentido.

“El ritmo y el cuerpo nos traen el gesto sin idea previa”

En una obra que despliega tanta reflexión teatral que pareciera que el relato o argumento es solo la excusa para desarrollar actuaciones que investiguen estos momentos gestuales. Inclusive aquellos elementos que también pueden ser disparadores teatrales (como la película “Teorema” de Pasolini) están allí para dialogar con el ritmo y mostrar que el cine es la memoria de los gestos.

No quiero dejar pasar por alto dos elementos fundamentales y que habitan la dramaturgia: El espacio sonoro generado por chicharras, ruidos, música (la canción de la cantante italiana Mina “Vorrei che fosse amore”) que intensifican las actuaciones y dilatan los gestos de los cuerpos; tanto como las proyecciones de Roma y las pantallas que funcionan de ventana en el escenario.
En este bar abandonado se encontrarán un director (Emilio Tomé) fanático de Pasolini, una actriz llamada Topazia (Fernanda Orazi) que quiere ser Mina, un músico (Manuel Egozkue), una bailarina vieja (Elena Córdoba) que luego sabremos es la madre de
Topazia; y un relator, periodista – ¿fantasma? – (Nacho Sánchez) que nos impactará con sus gestos desde el momento que entramos.

Como se mencionó anteriormente, la esencia de esta obra no es su argumento ni la voluntad de entregar algo cerrado, si no la necesidad de involucrar a un espectador activo y consciente; capaz de llevarse preguntas que sigan abriendo y dándole significados al material. La poesía no se encuentra en los versos si no en la capacidad de encontrar en los cuerpos de los performers una investigación, un laboratorio que siga descubriendo sentidos.


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